Morir a más de 10.000 kilómetros de casa

En el cementerio de Acandí, cuyas llaves cuelgan de la fachada de una casa vecina para que todo el que quiera entre a rezarle a sus muertos, no hay más migrantes enterrados, tampoco los hay en el cementerio de Capurganá y Sapzurro. Sin embargo, es bien sabido que cada año muchos mueren haciendo la travesía. Pobladores de la región dicen que de cuando en cuanto llegan historias de la gente que se muere en la trocha, pero los cuerpos son abandonados o tirados al río por los ‘coyotes’.

Atravesar el Darién para llegar a Panamá puede durar días (cinco mínimo si es el recorrido completo desde Capurganá hasta la carretera Panamericana) e incluso semanas, y los migrantes se exponen a picaduras de insectos, mordeduras de serpientes y ataques de jaguares.

La selva es tan espesa que es la única región del continente donde está cortada la Panamericana, que va desde Alaska hasta Buenos Aires. Esto sin contar que los grupos de narcos hacen y deshacen en la región y tienen una guerra librada contra los coyotes que están utilizando las mismas trochas de la coca para pasar a los migrantes. Solo pocas veces los cadáveres tienen un destino distinto a perderse en el mar, hundirse en ríos o ser devorados por animales.

La alcaldesa Lilian Córdoba recuerda dos casos de los últimos cuatro años en los que se recuperaron los cuerpos. Una mujer africana que viajaba con algunos familiares fue enterrada en el cementerio. Un tiempo después vinieron por sus restos.

También perdió la vida en la trocha, selva adentro, un ciudadano cubano. Por las dificultades del terreno tuvo que ser enterrado en el mismo lugar. Los pobladores cuentan que la cruz de madera que pusieron sirvió para que años después, su familia volviera por los restos. Hace solo una semana apareció en zona rural del sector norte de Acandí el cuerpo de un hombre. Aunque se desconoce su identidad, los pobladores que lo trasladaron a Capurganá dicen que por su apariencia y las cosas que llevaba consigo podría ser cubano.

El cementerio de Turbo, custodiado desde hace 30 años por Evelio Antonio Cortez, tiene 13 bóvedas con números y sin nombres. Allí llegaron los náufragos del 2013, los de principio y fin de año. Están en el extremo opuesto a la entrada del cementerio, en las hileras inferiores de la pared conformada por columnas de cinco filas, juntos, sin lápidas.

Don Evelio dice que a los muertos sin identificar ya no se les dice NN, se llaman CNI (Cuerpos no identificados). Algunos tienen esa sigla, otros solo números en el extremo izquierdo y extremo derecho del frontis de las tumbas. Las bóvedas están rodeadas de otras simples, que tienen el mismo revoque blanco con nombres y fecha de muerte y unas cuantas con lápidas mucho más elaboradas, casi todas con foto del fallecido, una frase y fechas de nacimiento y fallecimiento.

A unas cuantas criptas está Sahak Amir Amza, una PINR (Persona identificada no reclamada). Otro migrante que perdió la vida el 25 de enero del 2013 en la zona de Urabá y que, gracias a los documentos que tenía, pudo ser identificado. Sin embargo, no ha sido reclamado por ningún familiar.

Don Evelio no sabe de qué país era, dice que solo recibió el cuerpo en un cajón y cumplió con su deber de meterlo en una bóveda, poner el nombre y esperar que algún día aparezca alguien preguntando por él.

En una de las paredes laterales del camposanto está Mireille Rosius, una haitiana que quedó a mitad de camino de su sueño americano. Mireille viajaba con sus hermanos y falleció, por una complicación de salud, el 29 de septiembre de 2016 en el hospital de Turbo. “Nous vous aimer pour toujours” (Te amaremos por siempre) reza el azulejo puesto en su bóveda. La foto de ella, está sobre un cielo azul con nubes y tiene un montaje de flores en un pastizal. Mireille nació el 28 de febrero de 1982; murió a sus 34 años. Sus hermanos la enterraron y siguieron su camino. Hoy es la única migrante muerta en la zona con una lápida que la identifica y un mensaje que la recuerda.