El hombre que inmortalizó a María Moñitos en Barranquilla
Lo del nombre de ‘María Moñitos’ no fue un bautizo propio. En realidad, el disfraz nació un poco distinto, cuando él tenía 17 años y acaba de prestar su servicio militar en el Ejército. Lo primero que se le ocurrió fue vestirse con prendas femeninas, ponerse una peluca, y caminar de fiesta en fiesta con una muñeca en los brazos, simulando ser una mujer engañada.
Al año siguiente, con la experiencia encima de haber perdido varias pelucas por cuenta de los traviesos que saboteaban su disfraz, se decidió por usar su propio cabello y llenarlo de los moñitos de colores que, en adelante, distinguieron al personaje y empujaron un bautizó del que no se tiene lugar ni fecha precisa. En cualquier caso, ese bautizo vino de alguna exclamación en una de esas apariciones repentinas suyas: “Ahí llegó la Moñitos”, se oyó decir, y el ‘María’ vendría a incorporarse con el correr del tiempo. En ese segundo año, cuando quedó escriturada la imagen que llevaría por siempre, Emil le imprimió al disfraz otro ingrediente: un supuesto talonario de apuestas permanentes con un número y un valor en dinero. A la víctima de turno, él le pedía que le apuntará las ‘bolas’ (en este caso, cifras), para no quedarse él con las ‘bolas’ (los testículos) de la víctima.
No era una amenaza para despreciar, porque las manos de Emil Castellanos, curtidas por muchos años de trabajo duro con cemento y piedras, eran agrestes y grandes, manos que al servicio de ‘María Moñitos’ eran muy hábiles para desplazarse, con velocidad de cobra, a las partes nobles del cliente.
Con el paso de los años, ya no tenía necesidad de amenazas, ni de liarse a golpes con el que, confundido por su apariencia, le hacía algún lance o le faltaba el respeto. Su sola presencia, con el bailoteo sensual, la postura repentina con las manos en jarra, manos sueltas con las palmas hacia fuera, labios disparados y ojos gigantes, daban para que el espontáneo le diera billetes, monedas, él los depositaba en cualquier parte de su disfraz: en la faja, en los falsos senos, en la cintura, y sólo se preocupaba por contarlo cuando se despojaba de la indumentaria en casa y el dinero salía de su escondite.
De los recovecos del vestido saltaban hasta dólares. Sus hijos, que lo acompañaban en el conteo de la noche, recuerdan que pocos años antes de su muerte, luego de participar en desfiles e irse a bailar por los estaderos de Barranquilla, a sentarse en la piernas de la víctima o a montar una corta presentación, Emil alcanzó a traer a casa unos 800 mil pesos, cifra cuatro veces más grande que un salario mínimo mensual de la época.
Eran ganancias grandes para un albañil, pero él nunca se quejó del duro trabajo que escogió para llenar los vacíos entre carnaval y carnaval. Incluso, como una muestra de lo exigente que era con el oficio de la mezclas y los morteros, no se aguantó las ganas y en el sepelio de su padre, 13 meses antes del suyo propio y en el mismo cementerio Universal, le pidió el palustre al hombre que empezaba a tapar la bóveda de pared, y él mismo terminó el trabajo, dejando la superficie lista para el nombre del difunto: Enrique Castellanos, el sujeto que le transmitió los ojos azules, que se lo trajo de Los Pondores (La Guajira), y se lo entregó a su hermana Sara. Ella sería la única persona que Emil reconoció siempre como madre, porque la biológica, Dilia Calderón, lo disfrutó apenas 45 días. Una mañana, cuando se disponía a amamantarlo, la mujer se dio cuenta de que ya el bebé no estaba: el atrevido de Enrique se lo había llevado para Barranquilla, supo después.
En esta ciudad, entonces, Emil vivió prácticamente toda su vida. Aquí mismo murió el 1 de septiembre del 2000, y hasta lo hizo en su ley, porque esa noche, la noche de su muerte, animó en una despedida de soltero, y por no quedar como descortés, aceptó un plato de comida que tenía de todo, y él era alérgico a los mariscos. Terminó ahogándose en una angustia de asma, llegó muerto a la Clínica del Caribe y se fue con sus moñitos a su tumba en medio de un cortejo muy parecido a un desfile de carnaval.
Pero ‘María Moñitos’ continuó, después de todo. La primera señal de que no se había ido la dio su propio hijo Jesús, de seis años, que lo encarnó en el Carnaval del 2001, seis meses después de la muerte de su padre. Jesús estaría en esas hasta los 11 años. Si no siguió, dice su hermana Ruby, fue porque el Bienestar Familiar le puso el ojo a la situación, sobre el supuesto erróneo de que el niño era explotado. En realidad, ya su hermana mayor, Analía, quien encontró un empleo antes de la muerte de su padre, se había encargado no sólo de Jesús, sino del resto de sus hermanos.
El disfraz, sin embargo, persistió. Lo hizo en el primer plano del rostro coqueto convertido en figuras de poliestireno. Lo hizo a cuerpo entero, también, con sus brazos en jarra y la minifalda, ya fuera en dibujo de camisetas, indumentaria de coreografía o publicidad de tarjeta prepago celular. Fue una multiplicación en figuras, en otras caras y los otros cuerpos –mujeres, hombres, niños- que se lanzaban a los desfiles a personificarlo.
Fue una multiplicación en figuras, en otras caras y los otros cuerpos –mujeres, hombres, niños- que se lanzaban a los desfiles a personificarlo.
No faltaron los homenajes, que, según los hermanos Castellanos, nunca derivaron en retribuciones para los descendientes: tanta gente que se ha lucrado del personaje, asegura Ruby, y nada para la familia, por eso ya están pensando en registrar el disfraz ante las autoridades.
Si para el año próximo se da el apoyo suficiente, Jesús, de 20 años ahora, asumirá el disfraz de su padre otra vez. En este Carnaval del 2013 casi se da, porque el joven recibió una invitación de la reina Daniela Cepeda, pero la familia respondió muy tarde, cuando ya los recursos estaban distribuidos.
De todos modos, esta sola intención fue una señal nueva de que ‘María Moñitos’ sigue viva, que sigue vigente, como lo demostró la propia Daniela al enfundarse un disfraz alusivo a ‘María Moñitos’ en noviembre del año pasado. Fue en el evento central de los Premios Luna realizado en el Country Club. Algo similar había hecho en el desfile de la Guacherna del 2010 la entonces reina Giselle Lacouture, al danzar con una indumentaria de falda corta similar a la de Emil, una peluca de moñitos, los ojos muy abiertos, azulados por los lentes de contacto, y la boca disparada en trompa, una y otra vez.
Ese beso, pero desde la auténtica ‘María Moñitos’, aparece ahora congelado en cada una de las fotos que se salvaron de la lluvia, cuando la casa no era cómo luce ahora, enterita y bien dispuesta, sino que era casi un lote con un par de habitaciones a los que Analía, como nunca hizo su padre, les metió mano y mandó a ampliar. Las fotos están dispersas, disputándose el espacio con recortes de periódicos dentro de los dos únicos álbumes que la familia conserva.
En una de esas fotos, que salió publicada en el diario EL TIEMPO un par de meses antes de su muerte, aparece Emil en su vieja casa, maquillado, vestido como mujer y con algunos moñitos en el cabello, sosteniendo, cerca de su rostro, un primer plano de su personaje, con el beso disparado y los ojos azules muy abiertos. Las dos ‘María Moñitos’ hacen el mismo gesto en una especie de coreografía perpetua: el rostro enmarcado en los lacitos de colores que empezaron siendo suyos, pero que se han ido multiplicando en la memoria creciente del Carnaval de Barranquilla.
Javier Franco Altamar -Redactor de ADN – Barranquilla
