Renacer en la cuna de las Farc
Huele a café en todos los rincones. Alrededor de la cabecera municipal, todos los verdes posibles de las montañas exhalan el aroma. Es el olor que recuerda que la mayoría de la población de Planadas, sino todos, dependen de eso, del café. La economía de este municipio del Tolima gira en torno a él.
En Planadas el clima marca de tiempo del trayecto entre una vereda y otra, entre cada corregimiento; el café debe transportarse por carreteras y vías terciarias que están en muy mal estado. Se llega desde el centro del país por una carretera en regular estado, a expensas del abandono estatal que no le hace mantenimiento.
En cuanto a la actividad económica, de acuerdo con cifras del Ministerio de Agricultura, hay 18.826 hectáreas dedicadas a cultivos permanentes: café (12.961 ha) y plátano (4.530 ha) son los de mayor extensión. Se calcula que hay siete mil familias cafeteras, de las cuales 2.000 están organizadas en unas 30 asociaciones. Precisamente, la variedad del café de Planadas ha sido reconocida nacional e internacionalmente, como haber obtenido el Roasters Guiad Cofee of the Year’, en Minneapolis (EE. UU.).
En las noches y en los fines de semana el alto volumen de la música recorre todas las esquinas y seguramente le incomoda del sueño a más de un visitante, que cada vez son más desde que se anunció que la guerra había terminado. El cese el fuego bilateral empezó a las cero horas del 29 de agosto de 2016, pero las FARC ya habían demostrado su voluntad con el fin unilateral de hostilidades desde el 20 de julio del 2015.
Localizado en el sur del Tolima, Planadas es un municipio gigantesco (1.445 km2, Bogotá tiene 1.775 km2) con un área rural de 99 veredas y dos corregimientos que ocupa el 99,96% de territorio. Allí nacieron parte de las guerrillas liberales y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), precisamente en la vereda de Marquetalia. Ha sido escenario de diversas violencias: la Violencia, la bipartidista de los años 50-60, la violencia guerrillera desde mediados de los años 60, la violencia del narcotráfico por los cultivos de amapola entre finales de los años 80 y mediados de los años 90.
Han cargado por años con el peso del estigma de ser tierra de guerrilleros, lo que les ha costado caro: desde la desvalorización de la tierra hasta hechos de guerra como que hace unos años cuando los paramilitares del Bloque Tolima se establecieron en Ataco, a y montaron retenes para impedir el paso de los habitantes de Planadas, quienes tenían que cambiar la ruta para ir al centro del país y así no poner en riesgo la vida.
“Desafortunadamente en estos pueblos cuando salió la amapola lo máximo era comprarse un revólver. La mortandad en esos tiempos fue terrible. Creo que mucho ni salió en la prensa. ¿Se imaginan un muchacho sin educación, sin nada, que coja dos millones de pesos diarios?”, cuenta el padre Rubén Darío Mendoza, director de Pastoral Social de la Diócesis de El Espinal, quien agrega que muchos de esos jóvenes terminaron en grupos ilegales después de que se acabó la amapola. Después apareció la violencia paramilitar entre 2002 y 2010.
Según cifras de la Unidad para la Atención y Reparación Integral de Víctimas, en el 2012 se había reportado el desplazamiento de 16.650 personas que salieron del territorio, mientras que de otros lugares llegaron 2.796. Ya para esa fecha se habían iniciado los contactos exploratorios entre el Gobierno colombiano y las FARC-EP para intentar una salida negociada al conflicto armado.
La población de Planadas, entre urbana y rural, se calculaba en el 2016 de 29.974 habitantes, de los cuales 7.645 son de la cabecera municipal y 22.329 del área rural.
