Pasaje La Bastilla de Medellín mira el pasado para construir su futuro
Jorge Aristizábal se escabulle entre la gente. Camina con seguridad: los hombros erguidos, la mirada altiva. Cada tanto se detiene, saluda a un amigo o a un conocido, le hace preguntas afectuosas y continúa su camino por el pasaje La Bastilla.
Esquiva las vallas que separan las nuevas placas de concreto. Hay polvo por la construcción. Se detiene una vez más.
-Imagínese esto cómo va a quedar -dice, al tiempo que hace un arcoíris con las manos.
-Ahí en la mitad vamos a tener mesas para que la gente tome café, como en un bulevar. ¡Como en Europa! -agrega.
Se refiere a las obras que ya avanzan sobre el pasaje La Bastilla.
Pilar Velilla, gerente del Centro, explica que la idea, más allá de modernizar el sector, es “construir sobre las huellas de la historia del centro”. El proyecto, que dará más espacio a peatones, arborizará la zona y pondrá mobiliario urbano moderno, tendrá una inversión de 2.236 millones de pesos.

Así avanzan las obras en el Pasaje La Bastilla, en el centro de Medellín.
Jaiver Nieto. EL TIEMPO
Además serán mejoradas las fachadas de los locales por medio de la Agencia para el Paisaje y el Patrimonio y Alianzas Público Privadas (APP).
Fue en ese sector, en 1920, donde se abrió el café La Bastilla. Era un espacio para la tertulia, compartir ideas y tomar ‘tinto’ o algún aguardiente que ayudara a debatir con más soltura.
El café se convirtió en el sitio de encuentro de los artistas e intelectuales de la ciudad. No era raro pasar por allí y encontrarse a Tomás Carrasquilla en medio de una discusión; incluso, al autor se le acercaban a preguntarle por sus novelas, en qué proyectos estaba trabajando.
En el libro La ciudad y los cronistas, compilado por Miguel Escobar Calle, hay una crónica de la época escrita por Ernesto González.
El título de la narración deja clara la vocación temprana del lugar: ‘La Bastilla, refugio de novelistas y poetas’. “Nunca fue un café atiborrado ni ruidoso.En diez años de frecuentar nunca estuvo repleto y jamás vacío”, escribió el periodista.
-¿Eso es lo que queremos? -dice Jorge, ahora sentado en la barra de El Antioqueño, uno de sus negocios.
La Bastilla tiene que convertirse en un sitio de encuentro, que sea turístico.
Aristizábal es vicepresidente de Asobastilla, la agremiación de comerciantes del sector que se creó en el 2016 para mejorar algunos aspectos del pasaje. Entre ellos la seguridad, la ocupación del espacio público y la presencia de los llamados ‘chirrincheros’, una caterva de hombres borrachos que se reúne a tomar chirrinchi sobre los andenes.
¿Cafés o cantinas?
El Antioqueño está lleno. Un grupo de pensionados lee un periódico que el mismo Jorge compra para sus clientes.
-Mire -dice y pone el pocillo de café sobre la mesa, que provoca un sonido metálico-, acá tengo fotos de Medellín de varias épocas. Fotos viejas, de la ciudad de antes.
Esa ‘ciudad de antes’, como la llama Jorge, cambió muy pronto.
Cuando el periodista Ernesto González volvió a la ciudad, luego de una ausencia de años, se encontró con una sorpresa amarga: “¿Cuánto duró La Bastilla del viejo Medellín, con su vieja casa propia, su especial ambiente, su andén de ladrillo rojo y sus pesadas puertas de madera, cuando dejé de verla y frecuentarla después de diez años de amable cotidianidad, para irme a Bogotá a ingresar a la redacción de El Espectador?”.
El autor se responde, de inmediato, todavía afectado por la pérdida: “No lo sé. Mi villa Bienamada, la de los juveniles sueños y la dulce aventura vital, ambiciosa y romántica, tomó de repente un ritmo de progreso y transformación que nunca igualó ciudad alguna de Colombia”.

El Antioqueño es uno de los cafés del sector donde se puede saborear un buen café mientras se lee.
Jaiver Nieto. EL TIEMPO
El café La Bastilla se acabó y con ella se trasformó Medellín. La vocación bohemia del sector se esfumó y dio paso al comercio de textiles, libros y loterías. Incluso, el pasaje fue reconocido durante muchos años por sus apuestas hípicas.
Reinaldo Spitaletta, periodista y conocedor de la historia de la ciudad, explica que en la capital antioqueña no ha habido una larga tradición de cafés, como sí sucede en Europa o en Buenos Aires, para hablar de América Latina.
“Aquí hemos sido más de cantina, ese es un negocio más nuestro. El café implica tertulias, lecturas, debatir ideas. El pasaje La Bastilla ha sido más comercial”, opina el periodista.
La idea de la Alcaldía y los comerciantes es, precisamente, ofrecer espacios de esparcimiento en donde el café sea la bebida protagonista. Jorge lo tiene claro:
-Nos estamos capacitando con la Alcaldía para ofrecer una variedad de cafés, para atraer a las personas jóvenes -dice Jorge, como después de salir de un pensamiento remoto- que si alguien quiere capuchino, se lo tenemos, un café con vainilla, también.
Hacia el mismo lado apunta Velilla, la gerente del Centro. Para ella, no basta con la intervención física del lugar.
Alternativas culturales
Según su parecer, es posible que el pasaje salga de los problemas actuales de seguridad y alcoholismo. Y cree con firmeza que el trabajo con los comerciantes será fundamental para ello.
“Sin ellos no pasaríamos de mejorar un espacio público, ellos son los que darán vida a esta historia; sus negocios se convertirán en lugares de visita obligada, en donde se recreará el pasado con las más contemporáneas preparaciones de cafés y licores”, dice.
Spitaletta, por su parte, considera que de nada serviría el nuevo mobiliario urbano si no se ofrecen alternativas culturales.
Sin ellos no pasaríamos de mejorar un espacio público, ellos son los que darán vida a esta historia
“Tendría que haber presencia de la cultura todos los días: que vayan pintores, escritores, que se ofrezcan conferencias. Creo que de esa manera sí se podría cambiar el sector”, comenta el periodista.
La voz de Aristizábal se pierde entre el bullicio de su negocio.
Suena un bolero tristón.
En la entrada del negocio, al lado de la barra, se sienta Héctor Cano, un pensionado que lee la prensa. Es asiduo asistente a La Bastilla.
-Esta es la calle del ‘yo tuve’? -dice Héctor Cano. Ríe fugazmente.
-Acá nos sentamos y nos lamentamos: que yo tuve casa, tuve finca, tuve empresa.
Pero, esto aquí va a cambiar mucho, he escuchado que van a permitir a los negocios sacar las mesas. Me gustaría que las pusieran afuera. ¡Como en los pueblos!
MIGUEL OSORIO MONTOYA
Para EL TIEMPO
MEDELLÍN.
En Twitter: @migoroMontoya
